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Santiago Trancón – Nación y Estado

Nación y Estado son conceptos distintos, pero inseparables. A los conceptos hay que pedirles precisión, sobre todo a los conceptos políticos. Precisión significa que podemos atribuirles rasgos semánticos con que diferenciarlos de otros conceptos afines. Toda discusión debe empezar por precisar los conceptos. Si no se comparte el significado de las palabras es imposible confrontar enunciados o juicios. Conceptos precisos para expresar ideas claras: exíjaselo usted a los políticos, tertulianos y periodistas. Es la prueba del algodón: verá enseguida quién no sabe de lo que habla, quién engaña y quién, aun sabiendo que engaña, sigue engañando. Ejemplo: pregunte a Pedro Sánchez, a Iceta o a Iglesias por la “plurinacionalidad”. O más sencillo: ¿qué es para usted una nación?

Hablamos de nación política, que hoy es el único sentido que nos interesa. Dejemos de lado, para no confundir, la noción romántica de “nación cultural”, “étnica” o “lingüística”. Digo que nación es una forma de agrupación social. Los hombres somos seres sociales, no vivimos aislados, sino formando grupos. El primer grupo es la familia, basada en la consanguinidad y el parentesco. Luego hay otros, unos inclusivos y otros excluyentes, como el clan, la tribu, la etnia o cualquiera de las muchas  agrupaciones que hoy existen, desde una Iglesia a un club deportivo.

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Santiago Trancón – El monotema independentista

Muchos están hartos del monotema. Por supuesto, se refieren a Cataluña y la matraca independentista. Lo de matraca lo ha puesto en circulación ese acompañante de celda de Jordi Sánchez -el filoterrorista cabecilla de la ANC-, que no soporta más la tabarra del iluminado que, ni aún en la cárcel (o sea, ni debajo del agua), puede olvidarse por un momento de la causa independentista y necesita hablar de ello hasta con las paredes, patología que deberá recoger la próxima edición de DSM. Lo calificó el penado de doble castigo, y creo que debería pedir, por ello, reducción de condena. No tener otra causa en la vida, ni siquiera poder rezar y hablar con Dios, como hace Junqueras durante las largas horas de vacío claustral, debe de ser una pesada carga. Carga y causa incausada y mágica, porque se remonta al paleolítico, donde los enemigos ni siquiera sabían hablar catalán. Ya se sabe que Cataluña es obra de Dios, no de los hombres, y así lo predicó Torras i Bages, aquel obispo trabucaire de mucho fuste.

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Exiliados por no hablar catalán: «No nos fuimos por cobardía, sino por impotencia»

Son las víctimas silenciadas de la «dictadura del catalán». Su lucha no la han librado en el Parlament ni en los tribunales sino en las aulas, donde desde los años ochenta, con la llegada al Govern del expresidente Jordi Pujol, «los soberanistas han jugado su gran baza para imponer una realidad nacional excluyente».

Varios profesores que se han visto forzados a abandonar Cataluña por oponerse al plan de los nacionalistas de catalanizar la enseñanza relatan a ABC cómo fueron «sus duros años en la trinchera educativa».

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Santiago Trancón – Banalizar el sufrimiento

El dolor. El sufrimiento. El abatimiento. La desesperación. La angustia. El desmoronamiento. El miedo. El desgarro. El ahogo. La indefensión. La impotencia. La rabia. El odio. El desánimo. La depresión. La amargura. La humillación. El desprecio. La pobreza. La enfermedad. La desgracia. La pena.

Sentimientos. ¿Quién puede medir, contar, describir, valorar el sufrimiento diario de los millones de personas que viven a nuestro alrededor? Me refiero al sufrimiento cuyo origen no es el azar, ni el destino, ni el que procede de lo incontrolable de la naturaleza o de nuestra propia fragilidad física, sino al causado por otros seres humanos, que es la mayor fuente de dolor y sufrimiento que padecemos.

La indiferencia, el desprecio, la traición, el engaño, el rechazo, el insulto, el ignorar, borrar o negar las consecuencias de nuestros actos, o sea, todo el dolor que provocan, la cadena imparable de sufrimiento que una decisión u otra puede causar en los demás; tener en cuenta esa variable decisiva que determina el valor de nuestros actos (el grado y la cantidad de sufrimiento que podemos causar a los demás), debería ser un principio siempre presente en nuestra vida, algo que habría de aprenderse a valorar en la escuela, un aprendizaje básico.

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Santiago Trancón – Decir es también hacer

Del dicho al hecho hay un trecho… muy estrecho. El lenguaje es quizás el fenómeno humano más complejo: no sólo encarna el misterio de la conciencia, el paso de la mente al cuerpo, sino que cumple tantas funciones que es muy difícil abarcarlas, analizarlas y relacionarlas entre sí. Porque el lenguaje denota, expresa, señala, revela, oculta, engaña, miente, ordena, impulsa, excita… y todo esto es hacer, que es algo más que decir. Reflexiono sobre la función y el poder del lenguaje a propósito de la extravagante teoría del tancredismo mariano, que ha introducido en el Derecho una distinción insólita: la de que sólo hay delito cuando se producen actos efectivos y probados que puedan ser considerados como tales… ¿Por quién? ¡Por el Gobierno!

Se aprobó en el Parlamento catalán una Ley de Transitoriedad y Desconexión que anulaba la Constitución, pero eso todavía no era ni delito ni nada, se podía seguir adelante hasta… ¡Hasta que esa ley produjera efectos constitutivos de delito! Rajoy pintó una línea roja en el agua y, claro, ni la tinta llegó al río. Ya con el 155 en marcha, si por él fuera, lo ideal sería seguir en punto muerto, meter un poco de ruido (no mucho) con el motor arrancado, pero sin sacarlo del aparcamiento, no sea que si salimos a la calle las turbas independentistas acaben subiéndose al capó y destrozando el coche, una imagen de humillación y violencia que vale más que mil palabras encubridoras.

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Santiago Trancón – Trampa a la vista

Quisiera escribir y aplicar mi mediana capacidad reflexiva a cualquier otra cosa. Pero ahí está, insistente, obsesiva, la realidad política que se impone con su crudeza, su tozudez, su resistencia a ser analizada. El ejercicio de la razón tiene su ritmo, sus reglas en busca de cohesión y coherencia. El ritmo de los acontecimientos es otro, sigue otras reglas que apenas podemos captar y comprender porque no responden a la misma lógica, sino a esa otra invisible, inaprensible que es “la fuerza de los hechos”.

Dicho de otro modo: la fuerza de la realidad. Tan despreciada, tan arrinconada, tan ignorada, sin embargo, ahí está, imponiendo a todo lo demás la consistencia de su propia materialidad, su dinámica interna, algo así como el movimiento de las placas tectónicas, sometidas al empuje del magma en combustión, ese fuego que late en el corazón de la Tierra.

Que la realidad, al ofrecer su resistencia, se haya convertido en nuestra última esperanza, en salvaguarda de lo más valioso que tenemos, la unidad y la convivencia, no debe hacernos olvidar hasta qué punto es frágil el equilibrio y la cohesión social, el orden y la integración que un sistema democrático como el nuestro logra establecer.

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Santiago Trancón – ¿El único que no se ha enterado?

El más ciego, el que no quiere ver. El más necio, el que se cree listo. El más cobarde, el que se cree astuto. El más mentiroso, el que se cree su mentira. El más culpable, el que consiente el delito. El más peligroso, el que no quiere ver el peligro. El más sordo, el que no escucha. El más lelo, el que no entiende lo que le dicen, ni leyéndolo. El más mezquino, el que encubre su traición. El más inútil, el que ni actúa ni deja actuar. El más cínico, el que disimula su impotencia. La mayor desgracia, que sea Presidente del Gobierno de España.

Triste y dramática hora en que uno tiene que escribir lo que escribe, decir lo que dice, pensar lo que piensa, sentir lo que siente, señalar lo que ya es diáfano hasta para los murciélagos que surcan el aire crepuscular. El cabestro cabecea, sin embargo, y duda: ¿Por dónde suena el esquilón? ¿Por dónde se vuelve a los corrales? Vean lo que a día de hoy todavía no entiende el registrador:

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Santiago Trancón – El resurgir del sentimiento nacional

Estábamos tan ocupados en combatir el nacionalismo, que nos olvidamos de defender el sentimiento nacional. El nacionalismo convierte la nación en mito para justificar el supremacismo y la xenofobia; vive de construir un enemigo al que odiar; se alimenta de exaltar lo propio y denigrar lo ajeno. En el caso del nacionalismo catalán, vive del odio a España, del rencor a todo lo español. Así, desde sus orígenes. Para encubrir su racismo (todo nacionalismo es necesariamente racista), el nacionalcatalanismo de hoy se ha dedicado a identificar a España con el fascismo y el franquismo. Para odiar al otro primero hay que degradarlo; convertirlo en facha es el camino más corto y más fácil. Este recurso les ha funcionado a los nacionalistas. Tanto, que hasta la izquierda ha caído en su trampa y les ha ayudado a “legitimarlo”.

Pero rechazar el nacionalismo no implica negar la legitimidad del sentimiento nacional. Hasta hoy, acuciados por la necesidad de romper el cerco ideológico nacionalista, no habíamos tenido tiempo para hacer la distinción entre un sentimiento natural, sano y legítimo, como es el sentirse español, que se fundamenta en reconocer lo propio, en apreciarlo y valorarlo en sí mismo, y no en el rechazo de nadie, y otro sentimiento negativo, basado en el rencor y el odio, en el desprecio y la exclusión de los otros, a los que se considera diferentes (para no llamarles inferiores). Podemos hablar de sentimiento nacional frente a sentimiento nacionalista.

Es algo más que una distinción morfológica. Alrededor de cada adjetivo se conforman campos semánticos diferentes. Nacional alude a conceptos como nación política, derechos de ciudadanía, democracia, igualdad, diversidad, libertad, Estado de derecho. El otro, nacionalista, encierra conceptos como nación étnica y lingüística, derechos históricos, uniformidad, supremacismo, Estado totalitario.

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Santiago Trancón – ¿Y ahora qué?

Podría escribir otro artículo. Podría repetir lo que he dicho y anunciado desde hace más de treinta años. Podría recoger cientos de afirmaciones escritas en cientos de artículos durante los últimos cinco años (por acotar el tiempo). Podría repetir los gestos de conmiseración con que han sido acogidos mis análisis y vaticinios por muchos, incluidos algunos de mis amigos, los que, aun pensando como yo, me han tachado de exagerado, alarmista, incluso de pirado. Los hechos, sin embargo, han ido dejando cortas mis reflexiones, mis premoniciones, no sólo para darme la razón (pobre consuelo), sino para sacarla de quicio, porque ni siquiera los hechos caben dentro de los márgenes de la razón.

Cuando los hechos empiezan a desbordar a las palabras, entonces significa que hemos entrado en otra fase, otro estado. Cuando se pasa del estado sólido al líquido, por ejemplo, las leyes cambian, nada de lo que vale para tallar una piedra sirve para manipular un litro de gasolina. Las leyes de cohesión, tensión, fluidez o capilaridad, cambian. Pues eso mismo sucede con una sociedad, puede pasar de un estado a otro. Los cambios pueden ser bruscos (una revolución) o lentos y graduales (lo más frecuente) hasta que se hacen evidentes e irreversibles. La paz y la cohesion social, así, pueden pasar de la estabilidad y el equilibrio, a la inestabilidad y el desorden. Los negacionistas, que suelen confundir pacifismo con cobardía, acaban siendo incapaces de distinguir una marea de un tsunami.

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Santiago Trancón – ¿Dos Españas?

Nos han contado tantas veces eso de las dos Españas que, como la leyenda negra, hemos acabado creyéndonoslo. Repetimos con Machado que al españolito que viene al mundo una de las dos Españas ha de helarle el corazón: la España ultramontana, carlista y fascista, por un lado, y la anticlerical, chequista y soviética, por otro. La Guerra Civil, con sus matanzas cainitas, le dio al mito de esta división irreconciliable fuerza de ley científica. Sus defensores aportan pruebas irrefutables que van desde los Reyes Católicos hasta hoy, pasando por todo el siglo XIX. Basta oír, por ejemplo, no sólo a Iglesias Turrión y a toda la tropa independentista, sino también a Pedro Sánchez, para comprobar hasta qué punto ese discurso renace con la misma y obsesiva insistencia.

¿Pero es así? ¿Existen esas dos Españas, la una caricatura de la otra? ¿Es éste un hecho diferencial, la prueba de una tara histórica que no hemos sido capaces su superar? Voy a decirlo con claridad: No. Ni existen ni han existido nunca esas dos Españas, ni hay esencia metafísica alguna que las justifique. Creer que existe algún rasgo psicobiológico que determina esa clasificación de los españoles en dos bandos enfrentados es tan absurdo e indemostrable como pensar que ha caído sobre nosotros una maldición bíblica o que ese destino infausto ya aparece escrito en los huesos de Atapuerca.

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Santiago Trancón – España, propiedad común de los españoles

Hay verdades que, a fuerza de ser proscritas, el mero hecho de enunciarlas resulta una temeridad. Estamos inmersos en un régimen de pensamiento totalitario que ha vuelto literalmente imbéciles a la mayoría de políticos, periodistas, intelectuales y opinadores de todo pelaje. Una de estas verdades elementales que nadie, no ya defiende, sino que ni pronuncia, es que España es un bien común propiedad de todos y cada uno de los españoles. Si esta simple e insoslayable verdad, que es un hecho real y legal, se tuviera en cuenta, serviría para desenmascarar a los predicadores de esa basura mental y política llamada plurinacionalidad, derecho a decidir, autodeterminación y demás metástasis del mal nacionalista. Porque como sociedad estamos contaminados, intoxicados por una enfermedad contagiosa, que si bien se manifiesta virulentamente en Cataluña, ya se ha extendido por toda España.

Frente a tanta confusión, abrumados por la propaganda y propagación del virus, los ciudadanos se muestran indefensos y desconcertados. De este ambiente de incertidumbre y agotamiento no puede surgir nada bueno, pues, o se extiende el sentimiento de impotencia y de fatalidad, resignándose a que quienes quieren destruir España logren sus mezquinos propósitos, o bien estalla una reacción violenta, con consecuencias imprevisibles, de quienes no están dispuestos a entregar ese bien común a los depredadores y destructores de nuestra convivencia y el orden social y de derecho que entre todos hemos construido.

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Santiago Trancón – Imágenes al tuntún

Como tengo tantos temas sobre los que podría hilvanar o tejer este texto, pasquín, hoja volandera o volátil, voy a hacer un experimento y escribir, hablar, farfullar o balbucir sobre las primeras imágenes que me lleguen a la cabeza, a esa inasible pantalla interna que no cesa de emitir en onda corta, día y noche, reclamando nuestra atención. Me ahorro el esfuerzo de tener que discriminar y elegir un tema relevante, siéndolo casi todos y, por lo mismo, ninguno verdaderamente importante. Así que voy a ello.

Imágenes al tuntún, expresión que al parecer viene de ‘ad vultum tuum’, o sea, a bulto, a voleo, donde el ‘tuum’ puede resultar sutilmente obsceno. La primera imagen que me llega del fondo de la retina es la de Inés Arrimadas, a la que, después de verla en el circo del hemiciclo catalán dirigiéndose a la turbia Forcadell, juntando las manos, suplicante y mística, no puedo dejar de llamar en adelante sor Inés Arrimadas, envuelta en una aureola de inocencia que hasta puede quedar muy arrebatadora en un cuadro de la purísima concepción. Con qué elegancia junta las manos y las empuja una y otra vez hacia delante, queriendo ser incisiva, pero vista de lado resulta implorante, ella abajo, la otra monja, sor Forcadell, arriba, con el rostro ya indeleblemente agrio y avinagrado, negándole lo que suplica, no sabemos qué.

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Santiago Trancón – Titulares

Los periodistas saben que su poder se basa en los titulares. El poder de los titulares es el poder de la prensa. Los titulares venden porque influyen: no sólo marcan y enmarcan la actualidad, sino que la crean. La actualidad se convierte así en la única realidad importante. Dame un buen titular y quédate con todo lo demás.

Nuestro cerebro vive en una permanente sobreexcitación, si se para un segundo, se muere. Las neuronas son como las hormigas o las abejas, no cesan de agitarse. La glucosa es su droga: la consumen vorazmente. Dos impulsos las guían. Por un lado, un sistema de alerta: cuanto más cambiante e imprevisible es el entorno, mayor atención absorbe y más superficial su percepción. Somos débiles, frágiles; ni siquiera tenemos un caparazón para proteger nuestros órganos interiores, ahí donde se trajina todo. Así que hay que tener mucho ojo, cientos, miles de ojos para que no nos atropelle un coche, una bicicleta, no nos intoxiquemos con un boquerón en mal estado, no digamos una palabra de más y nos ganemos un enemigo para toda la vida.

La segunda fuerza que impulsa a las neuronas es la búsqueda de recompensa, de placer, de endorfinas y toda esa retahíla de sustancias que han descubierto los científicos husmeadores de nuestros fluidos. Hay placeres que simplemente son compensatorios, apaciguadores de la angustia, creadores, confirmadores de un entorno de seguridad. Las ideologías religiosas y políticas cumplen muy bien con esta función.

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Santiago Trancón – Terrorismo en Cataluña: de lo que casi nadie quiere hablar

Hay sucesos que, analizados, son mucho más útiles para diagnosticar a una sociedad y una nación, que cientos de estudios sociológicos y políticos. En un momento se revela todo lo que, oculto o negado, ya no puede contenerse y acaba saliendo a borbotones. Desde la tarde trágica del 17 de agosto, en que el terror se extendió por las Ramblas de Barcelona, no ha cesado de brotar, como una erupción de lava, una acumulación de miserias que anuncian catástrofes mayores. Lo peor de todo es que ni periodistas, ni políticos, ni ningún poder del Estado quieren ni hablar de ello. Los ciudadanos, sin embargo, y quizás por primera vez, empiezan a darse cuenta de toda la podredumbre oculta y ocultada, del peligro real que empieza a cernirse sobre su vida, su seguridad, su presente y su futuro. El suelo ha dejado de ser firme, y no sólo a causa de la amenaza terrorista (que ya es realidad), sino, y sobre todo, por la incapacidad del Estado para hacerle frente de un modo más eficaz.

Desconcierto político, desinformación y manipulación independentista

Son tantas las deficiencias que los atentados de Cataluña han revelado, tantas las grietas y desbarajustes puestos de manifiesto en solo tres días de informaciones confusas, de declaraciones contradictorias, de desconcierto político; tanta la falta de respeto a los ciudadanos, a su miedo y a su dolor; tanto el afán por utilizar políticamente, y de manera repugnante, a las víctimas del horror por parte de la Generalidad y sus voceros, a los que el Gobierno dio todos los poderes (operativos e informativos) en un acto de suicidio inconcebible; tanta la ineficacia mostrada por la nueva cúpula independentista de los Mozos de Escuadra, despreciando y ninguneando la labor de la Policía Nacional y la Guardia Civil, que han acabado, no coordinándose, sino subordinándose de hecho a las órdenes de quienes se han declarado, sin tapujos, golpistas partidarios de saltarse las leyes del Estado.

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Santiago Trancón – Por qué soy políticamente alarmista

Lo confieso: soy políticamente alarmista, radical, antropológica y cuánticamente. Es como si la vida me hubiera atado al mástil de una galera y no tuviera más remedio que gritar “¡barco enemigo a la vista!”. Puedo equivocarme y confundir un submarino con un cachalote de cincuenta toneladas, pero no que se aproxima una amenaza. Y segunda confesión: me siento cada vez más como Ulises; grito y nadie me oye, porque todos han decidido taparse los oídos con la cera de las industriosas abejas, tímpanos bien protegidos. La soledad del alarmista es la peor de las soledades.

Alarmista es quien, por obligación, por ineludible responsabilidad, grita ¡al arma! cuando ve llegar a las puertas de tu casa, de tu corral, de tu guarida, una amenaza peligrosa que puede acabar contigo y con todos los tuyos. Digo de tu casa para que te enteres y no pienses que estoy hablando sólo de la mía. Alarmar es alertar con vehemencia de aquellas situaciones en las que el tiempo es fundamental para poder reaccionar y organizar, primero una eficaz defensa, y luego un eficiente ataque que aleje, a ser posible para siempre, la amenaza descubierta.

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Santiago Trancón – La libertad como ilusión

Ilusión tiene un sentido negativo (algo que parece real pero no lo es) y otro positivo (algo que provoca entusiasmo y esperanza). Sólo en español adquiere este sentido positivo, y quizás por eso podemos pasar tan fácilmente de ilusionado a iluso, de visión a alucinación, de ideal a utopía, del ensueño a delirio. Cervantes construyó con esta dualidad a don Quijote y logró describir esa inquietante propensión a ir de un extremo a otro sin solución de continuidad, que es quizás el rasgo histórico que define mejor al español.

De todas las ilusiones, la que más me interesa es la ilusión mental. Me refiero a esas ideas y creencias que tomamos por reales aunque nunca nos hayamos parado a comprobar si son o no meras ilusiones. La que más arraigo tiene, quizás porque no podamos vivir si ella, es la ilusión de libertad. El sentido de identidad individual se fundamenta en la ilusión mental de que somos dueños de nuestras ideas y pensamientos y que, por lo mismo, las decisiones que tomamos cada instante nacen de nuestra voluntad.

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Santiago Trancón – Errejón y la teoría del huevocastaña

Que dice Errejón que «los progresistas de España cometieron una irresponsabilidad que no tiene razón de ser: alejarse de España, sentir que España era el problema y que la solución era una especie de cosmopolitismo». Vamos a explicárselo mejor al muchacho, que al parecer no ha tenido tiempo de enterarse.

Primero: no es que los «progresistas» se hayan alejado de España o sentido a España como problema, no, que eso ya lo sintieron hasta los del 98; lo que han hecho ha sido negar la existencia de España, empezando por no pronunciar su nombre, que es un intento muy freudiano de no aceptar el principio de realidad. Comenzaron hablando del «Estado español», identificando a España con el franquismo, y ahora lo han sustituido por el significante vacío «nación de naciones». En esto han seguido al pie de la letra (iba a decir del culo) a los independentistas, cuya principal misión ha sido, no ya negar la existencia de España, sino convertirla en objeto de un rechazo y desprecio absolutos.

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Santiago Trancón – La hora de los necios

No hace mucho escribí un artículo titulado “La hora de los cabestros”. Vuelvo ahora con la hora de los necios para ajustarla al huso horario del verano y no perder el hilo con que me devano los sesos tratando de comprender qué sucede a mi alrededor.

Y a mi alrededor sucede que se suceden muchos necios, necios de profesión y en procesión, pasando delante de mis ojos, que para eso se inventó la pantalla doméstica, para domesticarnos y acostumbrarnos a la necedad como lo más propio de la especie humana, en especial la especie política, una variedad acendrada de la especie humana en extinción.

Defino y me defino, para que se me entienda mejor. Digo necio, a lo cervantino, por ser palabra “sonora y significativa”, un precipitado semántico que nace del desnate de ignorante, incapaz, terco y obtuso. Me ahorro así el insulto crudo, que queda mal en estos tiempos de pura impostura, de compostura televisiva y mediática, de ten mucho cuidado con meter la pata o decir una palabra más alta que otra.

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Santiago Trancón – Vuelve el fanatismo ‘religioso’

Que el lector no se confunda: este artículo no va en contra de ninguna religión, va contra el fanatismo religioso, ese sentimiento que, convirtiendo una creencia en dogma, da permiso a sus fieles para aplastar al no creyente o discrepante. Las viejas religiones han alimentado en su seno el fanatismo como parte esencial de su supervivencia, pero, afortunadamente, la historia ha ido debilitándolo hasta hacerlo incompatible con cierta tolerancia. Salvo el caso del movimiento yijadista, que hunde sus raíces en el fanatismo islamista, hoy las religiones no suponen una amenaza contra la democracia y la libertad de pensamiento y conducta, una conquista que ha costado sangre, hogueras y guerras crueles.

Así que no hablo del fanatismo de las antiguas religiones, sino el de las nuevas. Religiones laicas, preciso, porque no se basan en creencias sobre el más allá, sino sobre el más acá. Una religión es un conjunto de ideas que, convertidas en dogma, generan seguidores incondicionales dispuestos, no ya a asumir personalmente esas creencias, sino a difundirlas e imponerlas a los demás.

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Se presenta el Centro Izquierda de España, un partido no plurinacional

Un año y medio después de los primeros contactos, tras un manifiesto titulado “Por la Igualdad y la unidad de todos los españoles” y la síntesis programática “La España que nos une“, el Centro Izquierda Nacional ha decidido dar un paso más y presentar sus credenciales de partido político en Madrid, en un acto el próximo 29 de junio. Según una nota de la nueva formación, la igualdad y cohesión de los ciudadanos, la defensa de la unidad de España y de la lengua común son sus principales rasgos.

La iniciativa se define como “un centro izquierda moderado, basado en un republicanismo cívico, reformista, ilustrado, en la mejor tradición socialdemócrata europea, alejado del populismo de Podemos y de la España plurinacional del PSOE“. En ese contexto ideológico, la unidad de España es “salvaguarda del bien común para lograr que la izquierda se reconcilie con su país y con ello se fortalezca la igualdad y su cohesión”. En cuanto al español, los promotores del partido se proponen “defender la lengua común de todos los españoles en cualquier lugar del territorio de España sin concesión alguna a quienes quieren imponer su exclusión…

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