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Pablo Gómez – Alboroto y ley

Calles desiertas y excesivo calor para ser un 12 de septiembre. Pero yo a lo mío, caminando con cierta prisa en dirección a la librería donde Josep Borrell iba a hablar de su nuevo libro: una obra coral en la que cuatro personajes de la esfera pública catalana –todos ellos contrarios al independentismo– exponen sus argumentos para tratar de arreglar la fractura social que hoy existe en Cataluña.

El texto, que lleva por nombre “Escucha, Cataluña. Escucha, España”, no rebasa en ninguna página los límites del constitucionalismo, ya que el conjunto de sus autores protegen esa doctrina, aunque cada uno a su manera. Hay un miembro del PSC (el propio Borrell), uno del PP (Josep Piqué), un cofundador de Ciudadanos (Francesc de Carreras), y un independiente (Juan José López Burniol).

Pero, dentro de ese constitucionalismo común, el libro recoge puntos de vista diferentes para intentar remediar el actual conflicto que existe entre el poder catalán y el poder español. Porque en el fondo se trata únicamente de un conflicto de poderes, no de sociedades. Y en ese camino, Borrell aporta soluciones federalistas, a la vez que desarma y desprestigia por completo las tesis de la independencia. De hecho, este socialista nacido en La Pobla de Segur (Lleida) ya se ganó el rechazo unánime del sector independentista –cuando no el odio–, al escribir su antecedente obra “Los cuentos y las cuentas de la independencia”.

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Pablo Gómez – El sheriff Trapero

Semblante serio, pose malhumorada, piel pretendidamente bronceada, barbita cuidada y espalda estrecha. La apariencia de Josep Lluís Trapero, el major de los Mossos d’Esquadra, encaja mejor cuando, haciendo gala de un aplomo que ha sido intensamente ensayado, se pone a dictar sentencias a preguntas de la locutora de Catalunya Ràdio. Podría parecer el típico sheriff de westernsetentero que, tras engrasar su gaznate con un buen trago de bourbon, afirma imperturbable: “yo soy la ley”.

A las pocas horas del atentado en Las Ramblas, Trapero afirmó en rueda de prensa que no se preveía que hubiese otro ataque de forma inminente. Esa misma noche tuvo lugar el ataque en Cambrils.

Meses antes, también despreció la información facilitada desde Vilvoorde (Bélgica) por considerarla como de baja credibilidad.

Se desoyó a la jueza en Alcanar y no se pusieron bolardos en Las Ramblas, ignorándose la advertencia del Cuerpo Nacional de Policía.

La gestión de los atentados se resolvió sobre el terreno y básicamente a tiros, pero no hubo una investigación previa que fuese acertada, prudente ni preventiva.

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Pablo Gómez – Radicales sin suburbio

A finales de los años 70 y durante toda la década de los 80, el barrio más genuinamente obrero de Barcelona fue el de San Ildefonso, en Cornellá de Llobregat. Entonces se le conocía como Ciudad Satélite y estaba compuesto por altos bloques de viviendas baratas, habitadas todas ellas por trabajadores de escasa cualificación y sus respectivas familias. Muchos de sus vecinos provenían de otras partes de España, especialmente de Andalucía, pero otros eran catalanes de toda la vida con peor fortuna que la tradicional burguesía del Ensanche. El voto nacionalista allí era inexistente.

La zona se fue degradando paulatinamente hasta convertirse en un área prácticamente marginal debido a los elevados índices de paro y al implacable daño que la droga, en particular la heroína, comenzó a causar entre los más jóvenes. Allí nació uno de los grupos más importantes de la historia del punk-rock patrio: La Banda Trapera del Río. Cantaban todas sus canciones en castellano, menos “Ciutat podrida” –en catalán–, que se convirtió en uno de sus temas más conocidos junto con “Curriqui de barrio”  “Venid a las cloacas”.

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Pablo Gómez-Juárez – Abracadabra

En verano es costumbre acudir al cine con alguna prenda en la mano de manga larga y más propia de la primavera que del estío. Así se consigue evitar un resfriado inesperado por culpa de los aires acondicionados de gran potencia que circulan por las salas de proyección. Accedes al local con la camiseta más fina que has encontrado en el armario porque en la calle la escasa brisa que se mueve no refresca, sino que flamea, y al entrar al cine te pones esa chaqueta fina y multiusos de siempre.

Este pasado miércoles no ocurrió así. Yo no había llevado ninguna prenda extra, fiel a esa falta de previsión que se suele agudizar en agosto por el entorpecimiento neuronal que instiga el calor sofocante. Dio igual, me pasé toda la película sudando como un pollo. Es posible que, siendo la entrada más económica por tratarse del día del espectador, el cine optase por prescindir del gasto de la climatización para compensar sus beneficios económicos, aunque aquello derivase en una reclamación por parte de dos señoras jubiladas que estuvieron todo el rato agitando sus folclóricos abanicos.

Pero, pese a todo, me divertí mucho viendo Abracadabra, la última obra del cineasta vasco Pablo Berger.

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Pablo Gómez-Juárez – ¿Espectáculo o necesidad?

Muchos usuarios de Twitter comenzaron a sugerirlo en el mismo momento en que la noticia saltaba a los informativos de mediodía de todas las cadenas de televisión.

El Govern de la Generalitat iba a convertir el registro de la Guardia Civil en el Palau, el Parlament, el Departament de Justícia, y el Centre de Telecomunicacions i Tecnologies de la Informació (CTTI) en un elemento -coral- de victimización para dar la impresión de que esa inspección policial era una especie de espectáculo orquestado desde el Ministerio del Interior para deteriorar la imagen de las instituciones catalanas, cuyos representantes actuales se han erigido en promotores de la independencia de Cataluña a través del oscurantismo político, la negación jurídica y la evidente ausencia de soporte internacional.

Sin embargo, no se trata de ningún espectáculo, sino de una necesidad de carácter ejecutiva (ejecución de requerimiento).

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Pablo Gómez-Juárez – Perversión política de la seguridad ciudadana

Como España no es una “nación de naciones” –a pesar de lo que diga ese nuevo ‘facilitador’ del nacionalismo llamado Pedro Sánchez–, la descentralización que se produjo en este país nunca debió llegar al extremo de crear una policía propia para el País Vasco (1982) y otra para Cataluña (1983), con funciones plenamente sustitutivas del Cuerpo Nacional de Policía. No existía ninguna razón por la cual se considerase necesaria la fundación de unos cuerpos de policía con operatividad jurisdiccional específica para sendas regiones, salvo una: el control directo de la seguridad ciudadana y el orden público por parte de los políticos nacionalistas que allí mandaban.

A su vez, la presencia continua de la policía autonómica en las calles –en detrimento de la estatal– facilitaba muchos resortes para la recreación de una “construcción nacional” (sirva la utilización de esta expresión típica del lenguaje nacionalista para ilustrar la idea que quiero significar).

Estas dos policías, la Ertzaintza y los Mozos de Escuadra (Mossos d’Esquadra), siempre han disfrutado de mejores condiciones retributivas y materiales que los dos cuerpos de policía nacionales (CNP y Guardia Civil), lo cual resulta totalmente injusto y produce bastante indignación

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Pablo Gómez-Juárez – Censura hasta en el fútbol

Nos encontramos en el momento más inquietante y triste de las relaciones entre Cataluña y el resto de España desde que se inició nuestra actual democracia. Cuando hablo de Cataluña y España, me refiero a sus dirigentes, a sus mandos políticos, no a sus conciudadanos. Me gusta aclarar esto porque existe un problema grave relacionado con el tratamiento que los medios de comunicación –especialmente los de Madrid– otorgan a la cuestión del proceso soberanista catalán. Suelen utilizar una terminología errónea y dañina que termina por englobar a todo el pueblo de Cataluña en las fauces mentales de ese cínico personaje llamado Carles Puigdemont.

Que nadie olvide que en Cataluña existen muchísimos catalanes que se sienten tan españoles como catalanes, que aman a Cataluña y a España a partes iguales. De lo contrario, en el Parlament no existirían los partidos constitucionalistas, ni se verían banderas de España colgadas de los balcones junto a las ‘esteladas’ (yo vi varias rojigualdas en mi visita del pasado fin de semana a la capital catalana), ni tampoco en las provincias de Barcelona y Tarragona –especialmente en ambas capitales– se estaría hablando de forma mayoritaria el castellano como sucede a día de hoy, pese a quien le pese.

No. La Cataluña real no es la que pintan Puigdemont y Junqueras. “Nacionalistas catalanes” no significa lo mismo que “catalanes” (a secas). No debemos caer en errores terminológicos desde otras zonas de la península porque estaríamos haciendo mucho daño a todos esos catalanes que nos quieren (como nosotros a ellos) y que quieren seguir en España.

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Pablo Gómez-Juárez – Cerco al castellano

El problema de la imposición lingüística en Cataluña viene de lejos. Se fundó desde el prisma de una inmersión obligatoria del catalán que ha ido minando poco a poco la libertad de lengua de los castellanohablantes que allí residen. Buena parte de la sociedad civil ha procurado defenderse de estos abusos organizándose en asociaciones como Convivencia Cívica Catalana, Tolerancia o Espanyols i Catalans, entre otras. También desde la esfera política se han dedicado esfuerzos a desenmascarar la iniquidad de esta situación. Ciudadanos lo hizo en su día, pero con el paso del tiempo relajó sus posiciones en torno al asunto. UPYD, por su parte, procuró denunciarlo activamente a lo largo de su existencia.

En la actualidad, el emergente proyecto de Centro Izquierda Nacional (CINC) aborda la defensa de la libertad lingüística sin los complejos que han caracterizado a la izquierda tradicional. En este sentido cabe apuntar que el PSOE -y más concretamente el PSC- ha transigido siempre con la imposición forzosa del catalán en el ámbito educativo.

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