Etiqueta: Democracia

Fran Jurado – Secesionismo catalán: Negación por los hechos de cualquier legitimidad liberal-democrática

Ahora que el cultivo de la paranoia y la anulación del menor sentido de la realidad se exhiben ante quienes quieran ver como palancas prioritarias de la estrategia independentista, es útil recordar que las bases del actual despropósito son rastreables, también, en algunas construcciones académicas engañosas, solo en apariencia solventes, datadas en el arranque del procés. Prestigiosos adalides locales del federalismo asimétrico viraron entonces a la defensa de la independencia como única vía, no ya racional sino también factible, para liquidar el -según denunciaban- irresuelto problema del reconocimiento institucional y simbólico de la personalidad política catalana.

Como justificación, fue útil echar mano del heterogéneo grupo de filósofos políticos anglosajones que, en las últimas décadas, había reflexionado sobre la posible legitimidad de la secesión para ciertas situaciones más allá de los supuestos clásicos reconocidos por el derecho internacional. Una hipótesis de secesión unilateral que se pretendía no opuesta a los valores liberales de las democracias, sino deducida de ellos, toda vez que la novedad vendría a abordar –se defendía, dentro de un marco multiculturalista- problemas identitarios largamente ignorados por el igualitarismo jurídico de nuestros regímenes de hoy.

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Santiago Trancón – La democracia del 50%

El mayor error de la Transición fue suponer que con cambiar las estructuras políticas generales (partidos, elecciones, Parlamento…) y redactar una Constitución, ya teníamos un sistema democrático. Nadie se preocupó por construir un sólido entramado de instituciones democráticas, imprescindible para el buen funcionamiento de un Estado democrático. Tampoco se pensó en la necesidad de llevar a cabo una labor general de educación política y democrática. El resultado ha sido que, desde el inicio, nuestra democracia ha funcionado mal y, con el paso del tiempo, sus carencias y anomalías han ido en aumento.

Nadie quiso reflexionar sobre un principio básico: que no hay democracia sin demócratas. Y que nadie nace demócrata. A la muerte de Franco podría haber muchos antifranquistas, pero había muy pocos demócratas. Con el tiempo se vio que el problema no era la pervivencia de franquistas antidemócratas, ni siquiera el llamado “franquismo sociológico” (destinado a desaparecer), sino la escasez de demócratas convencidos. Hoy el problema incluso se ha agudizado. La degradación, deterioro y debilitamiento de la democracia se extiende a todos los ámbitos.

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Antonio Roig – No queremos ser Italia

Las pintorescas negociaciones a las que asistimos tras las últimas elecciones –con hastío y no poca incredulidad– para la constitución del gobierno de España, el vodevil que fue el proceso de formación del actual gobierno de la Generalidad de Cataluña, así como sus consecuencias: la imposibilidad de gobernar sin tejer y destejer continuamente pactos y alianzas, nos ponen frente a uno de los problemas que se plantean en el perfeccionamiento de los sistemas de representación.

Hasta ahora, la ¿injustamente? denostada regla d’Hondt (a fin de cuentas una forma de organizar la proporcionalidad), junto con la inercia de los votantes, habían servido para garantizar una concentración del voto apenas suficiente en torno a los dos partidos mayoritarios, con lo que los procedimientos para formar gobierno, con mayor o menor disgusto de unos o de otros, funcionaban con cierta fluidez (con demasiada frecuencia, con el indispensable concurso de los partidos que actuaban de facto como bisagra: los nacionalistas vascos y catalanes, concurso que les proporcionaba un plus de poder muy por encima de su peso real en la ciudadanía española –como estamos presenciando ahora mismo en la discusión de los presupuestos–). Sin embargo, esta ‘normalidad’ tradicional se ha roto (se diría que definitivamente) al fraccionarse y diversificarse el voto e irrumpir con fuerza en la escena los partidos reformistas o aquellos que supieron ganarse el voto de los “indignados”. ¿Estamos condenados a reproducir la situación italiana, que en 70 años ha tenido 63 gobiernos distintos? (Con su conocida socarronería mediterránea, aseguran haber tenido incluso “gobiernillos”, solo para superar una situación coyuntural, o gobiernos “balneario”, estrictamente para pasar el verano).

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Santiago Trancón – Democracia real, ¿se acuerdan?

La sociedad actual no es homogénea: ni ideológica, ni cultural, ni económicamente. Los vínculos que en otro tiempo sirvieron para crear grupos más o menos homogéneos (tribus, clanes, etnias, pueblos), basados en la identidad, han sido sustituidos por el único elemento posible hoy de integración social: la pertenencia a una comunidad política. Pertenecer a una comunidad política es un hecho ineludible, obra del azar, del que uno sólo puede desvincularse mediante un acto explícito y voluntario. No depende, por tanto, de ningún sentimiento ni de ninguna voluntad previa. Yo soy español pública, social y legalmente, y este hecho no depende de mi ideología, mi lengua, mi cultura o mi situación económica. Mi sentimiento de pertenencia puede ser fuerte, débil o nulo, pero esto no cambia para nada lo fundamental: el reconocimiento de mis derechos y obligaciones como miembro de la comunidad política llamada España. La forma que hoy adopta esta comunidad es la de un Estado democrático, del que es inseparable. Ser español es, por encima de todo, ser ciudadano de un Estado Democrático. La condición de ciudadano demócrata es, en consecuencia, el elemento común de todos los españoles.

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