El burka digital

Siete décadas de prosperidad y paz nos están dejando sin defensas. Me refiero a los ciudadanos de las sociedades del bienestar, al primer mundo. Nos han ocultado el abismo. Hemos perdido pie, y aún no nos hemos dado cuenta. Ni siquiera sabemos nadar. ¿Para qué, si nos hemos acostumbrado a creer que la tecla retorno forma parte de nuestra naturaleza?

Los mensajes son inquietantes, pero no nos inquietamos: Donald Trump pretende imponer aranceles raciales y comerciales, y quiere levantar muros con el lenguaje bronco del totalitarismo. En defensa del campanario. Como siempre. Se abraza a Putin, jalea el Brexit británico y alienta a Marine Le Pen para que haga lo propio. ¿Qué quedaría del sueño de unos Estados Unidos de Europa tras ese retorno al nacionalismo de siempre? O por ser más concreto, ¿en qué quedará la UE si Marine Le Pen llega al Elíseo y reniega del euro?

Tenemos placas tectónicas bajo nuestros pies y sólo reparamos cuando tiembla Italia y se desmoronan sus pueblos. Hemos olvidado pronto a Heráclito: «Todo cambia y nada permanece».

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